Vivir pendiente del próximo ataque: la historia de Antonia Vergara y los días que la migraña le ha arrebatado
Hay mañanas en que Antonia Vergara despierta y lo primero que hace no es preparar una clase ni revisar el material para sus estudiantes. Antes necesita responder una pregunta mucho más urgente: ¿hoy podrá funcionar con normalidad o la migraña volverá a detenerlo todo? La respuesta nunca es segura.
La profesora aprendió a convivir con una enfermedad que no da tregua y que, durante años, otros redujeron a un simple "dolor de cabeza". Para ella, la migraña significa perder días completos de vida. Significa cancelar planes, apagar las luces, guardar silencio y esperar que el dolor decida irse.
Su historia comenzó cuando apenas tenía nueve años. Mientras otros niños asociaban esa etapa con juegos y recreos, Antonia ya conocía las náuseas, la sensibilidad extrema a la luz y ese dolor pulsátil que parecía instalarse sin pedir permiso. Durante mucho tiempo creyó, como tantos pacientes, que era algo normal. Que tal vez se debía a las hormonas, al estrés o simplemente a que tenía que acostumbrarse.
Los años pasaron, pero las crisis no desaparecieron. Al contrario, fueron ocupando cada vez más espacio en su vida hasta transformarse en una presencia constante. Hoy convive con migraña crónica refractaria, una forma de la enfermedad que no responde con facilidad a los tratamientos disponibles y que puede afectarla entre 15 y 20 días cada mes.
Eso significa que, prácticamente, la mitad de su vida transcurre bajo la amenaza del dolor. El camino para entender qué le ocurría tampoco fue sencillo. Pasó por distintos médicos y tratamientos antes de obtener un diagnóstico claro. La promesa de que "esta vez sí funcionará" se repitió una y otra vez.
"He probado al menos cinco tratamientos distintos y ninguno ha dado resultados significativos", cuenta. Cada nueva alternativa implicaba volver a empezar, alimentar la esperanza y enfrentar nuevamente la frustración cuando los resultados no llegaban. Aun así, dejar de intentarlo nunca fue una opción.
Hoy destina cerca de 300 mil pesos mensuales a medicamentos y tratamientos preventivos. Es una cifra difícil de sostener, pero que resume con una frase sencilla. "Lo veo como comprar calidad de vida." Porque cuando la migraña da un respiro, aunque sea por algunos días, esos días valen mucho. La enfermedad también terminó golpeando uno de los aspectos más importantes de su identidad: la docencia.
Hubo un momento en que seguir enseñando dejó de ser compatible con el ritmo que imponía la migraña. Las ausencias se hicieron frecuentes, sostener una jornada completa se volvió imposible y tomó una decisión que nunca imaginó tener que enfrentar. Dejó temporalmente las aulas. "Era insostenible", recuerda.
Con el tiempo logró regresar, pero en una jornada reducida. No porque quisiera trabajar menos, sino porque su cuerpo ya no le permitía otra cosa. Cada semana implica calcular energías, anticipar posibles crisis y reorganizar la rutina si el dolor aparece de improviso.
La migraña no solo modifica el trabajo. También cambia la forma de vivir. Antonia aprendió a identificar alimentos que pueden desencadenar una crisis, a cuidar estrictamente sus horarios de sueño y a evitar ciertos estímulos que antes pasaban inadvertidos. Muchas decisiones cotidianas ya no dependen únicamente de lo que desea hacer, sino de cuánto riesgo está dispuesta a asumir. "Dejas de hacer cosas que te gustan. Cambia todo: la alimentación, el sueño y la rutina."
Sin embargo, una de las cargas más difíciles no proviene del dolor físico, sino de la incomprensión. Con frecuencia ha sentido que quienes la rodean minimizan la enfermedad. Escucha comentarios que la reducen a un dolor de cabeza cualquiera o sugerencias de remedios simples que poco tienen que ver con una condición neurológica compleja. Incluso en algunas consultas médicas sintió que sus síntomas no recibían la atención que merecían. Esa falta de comprensión termina aislando a quienes viven con migraña crónica. Porque mientras el dolor ocurre en silencio, desde afuera muchas veces parece invisible.
En Chile, miles de personas enfrentan una realidad similar. Se estima que la migraña afecta a cerca del 12% de la población, también quienes desarrollan su forma crónica continúan encontrando barreras para acceder a especialistas, tratamientos y cobertura económica. La enfermedad aún no forma parte del sistema de Garantías Explícitas en Salud (GES) ni cuenta con financiamiento mediante la Ley Ricarte Soto, lo que obliga a muchos pacientes a asumir costos que pueden superar ampliamente sus posibilidades.
Por eso Antonia decidió contar su historia públicamente. En redes sociales comparte, sin filtros, los días buenos y los malos. Muestra cómo es preparar una clase mientras intenta controlar una crisis, cómo se reorganiza la vida cuando el dolor obliga a detenerlo todo y cómo una enfermedad invisible puede transformar por completo la rutina de una persona.
No busca generar lástima. Busca que la migraña deje de ser minimizada. Porque detrás de cada episodio no hay solamente un dolor de cabeza. Hay horas de trabajo perdidas, planes cancelados, oportunidades postergadas y una vida que, muchas veces, debe ponerse en pausa esperando que el dolor decida marcharse.
